José María miró fijo a María José. Parece chiste, pero es cierto.

La pareja de nombres capicúa tenía turno con el médico, con uno de los médicos que ambos frecuentan cada vez con mayor asiduidad.Como decía Jorge Guinzburg, uno se da cuenta de que se está poniendo viejo cuando la agenda se le llena de días y horas en los que visitar a distintos especialistas. O, como inculcaba un gurú de esos que aparecen en las redes sociales con la misma velocidad con la que desaparecen: “Hay que tratar de vivir mucho para morir sanitos”.En fin… Volviendo al matrimonio de la nueva longevidad (queda más delicado que decirles veteranos), ambos protagonizaron un hecho que de ficcional no tiene nada, aunque lo parezca.

Tuvo lugar en el área de quirófanos de una clínica, en Marbella, cerquita del mar. Un cartel con la misma leyenda había sido colocado sobre los mostradores de atención.

Estaban escritos con letras generosas, pero los dos sintieron la necesidad de acercarse. ¿Para leerlos mejor?

No. Para dar crédito a lo que estaban viendo. “La inteligencia artificial -rezaban- puede utilizarse como un ayudante en el diagnóstico.

Nunca reemplaza el criterio médico”.“¿Pero qué necesidad de poner esa pavada?”, se quejó José María. “No hagas aspaviento, hombre, que me contó la Rosalía que su hija la Maricarmen se psicoanaliza con inteligencia artificial. Y lo bien que se siente”, respondió la señora de nombre en espejo.José María se puso rojo y no por vergüenza, sino por la subida de presión que le provocó la airada salida de su mujer. “¿Te has vuelto loca, Majo?, ¿realmente crees que un robot te solucionará la vida?”, le preguntó. “No si se parece a ti”, le respondió ella con el candor de las mujeres sin filtro, capaces de asestar estiletazos verbales mientras acarician con suavidad la cara del apuñalado.La anécdota me llegó por audio de WhatsApp.

La grabó una amiga que vive en España y que no podía creer lo que advertían los carteles. Será por eso que su voz oscilaba entre el asombro, la carcajada y los nervios.

Al momento de escucharla me vino a la mente un libro de Stephen Hawking, cuya primera edición es de noviembre de 2018. Se publicó ocho meses después de su fallecimiento bajo el título Breves respuestas a las grandes preguntas.“¿Nos sobrepasará la inteligencia artificial?”, se preguntaba el gran científico en el capítulo 9.

La respuesta: “Nos hallamos en el umbral de un mundo nuevo y prometedor. Es un lugar excitante, aunque precario, y nosotros somos los primeros.

Cuando inventamos el fuego, nos equivocamos repetidamente y luego inventamos el extintor. Pero con las tecnologías más poderosas como las armas nucleares, biología sintética e inteligencia artificial fuerte deberíamos planificar el futuro y tratar de hacer las cosas bien a la primera, porque puede ser la única oportunidad que tengamos.

Nuestro futuro es una carrera entre el poder creciente de nuestra tecnología y la sabiduría con que la usemos. Asegurémonos de que gane la sabiduría”.