Niurka llevaba en las manos dos pequeñas cintas de bebé. Khadry sujetaba una copia de su tarjeta de residencia.

Alicia esperaba con unas sencillas sandalias. Alba, junto a otros trabajadores y usuarios de Cáritas, custodiaba un árbol de madera cargado de flores de cartulina.

Regalos modestos, pero que significan el resumen de cuatro vidas atravesadas por la vulnerabilidad, la acogida y la esperanza que acabaron protagonizando el primer acto del papa León XIV en España. El Pontífice quiso comenzar su visita a Madrid lejos de los focos multitudinarios en el Centro de Día y Acogida (Cedia) de Cáritas, en el distrito de Latina, rodeado de personas sin hogar, migrantes, voluntarios de la acción social.Allí escuchó atentamente los testimonios de cuatro personas cuyas historias parecían dialogar con una de las palabras más repetidas después en su discurso: encuentro.

La primera en hablar fue Niurka. Llegó desde Cuba sola y embarazada de gemelos: "Llegué a Madrid sola, embarazada de mis hijos, con miedo y sin saber cómo iba a salir adelante", relató ante el Papa y los cerca de 200 asistentes.

La voz de Niurka se quebró al recordar cómo encontró refugio en el Hogar Santa Bárbara. Allí, explicó, no solo recibió ayuda material, encontró una familia formada por religiosas, educadoras y voluntarias que la acompañaron durante uno de los momentos más difíciles de su vida."Aquí nacieron Ares y Atenea.

Aquí recibieron el Bautismo", contó mientras mostraba al Pontífice dos cintas de bebé con los nombres de sus hijos bordados. Eran las mismas que después entregó a León XIV: "Representa sus vidas, que salieron adelante gracias a la acogida y al cuidado recibido", le expresó.

Pocos minutos después llegó el turno de Khadry, uno de los momentos más emocionantes de la tarde. Este senegalés aterrizó en España en plena pandemia.

Había dejado atrás su país y se encontró solo, desorientado y sin referencias. "Me sentía perdido y solo.

Había dejado todo atrás y no sabía por dónde empezar", recordó. No obstante, encontró personas que le ayudaron a reconstruir su vida.Un árbol con mensajes de esperanzaPrimero, Khadry recuperó la confianza.

Después llegaron el trabajo y la regularización de su situación administrativa. Hoy, explicó, dedica parte de su tiempo a acompañar a otros migrantes que atraviesan dificultades similares.

Cuando sacó una réplica de su permiso de residencia para entregársela al Papa, el patio del Cedia estalló en aplausos con muchos de sus compañeros puestos en pie. Aquella pequeña tarjeta simboliza "años de esfuerzo, espera y esperanza", explicó, antes de agradecer a quienes le ayudaron a "volver a ponerse en pie".Si Niurka y Khadry representaban a quienes encontraron ayuda, Alicia puso voz a quienes la ofrecen.

Voluntaria desde hace años, recordó que acompañar a personas vulnerables es mucho más que prestar un servicio. "Estar cerca, escuchar, cuidar y reconocer la dignidad sagrada de cada persona", resumió.

Para explicar esa forma de entender el acompañamiento recurrió al episodio bíblico de Moisés ante la zarza ardiente, cuando Dios le pide que se descalce porque pisa tierra sagrada. Por eso, el regalo que entregó al Pontífice fueron unas sandalias.

Un símbolo "de los muchos caminos compartidos junto a quienes sufren".La última intervención fue la de Alba, educadora social con una trayectoria de casi 25 años acompañando a personas en situaciones de exclusión, adicciones, discapacidad o problemas de salud mental. Su regalo era probablemente el más visible de todos, un árbol cargado con decenas de flores de cartulina escritas por usuarios, voluntarios y trabajadores del centro durante el acto.

En cada una había una petición, un agradecimiento o un deseo. "Cada hoja es un deseo.

Cada deseo, una vida que quiere seguir caminando con dignidad", explicó. Junto al árbol entregó también un libro con las historias personales de muchas de las personas presentes para que el Papa pueda recordarlas en sus oraciones.