Hace dos semanas, Vladímir Putin viajó a Pekín para reunirse con Xi Jinping. Luego de la resaca de los protocolos impecables, las banderas ondeando y las declaraciones rituales sobre la “asociación sin límites”, lo que queda es una imagen nítida y descarnada: la de un Putin cada vez más solo y debilitado.

El Kremlin llegó a la capital china buscando oxígeno financiero y estratégico; se marchó con las manos prácticamente vacías y con un aviso a navegantes apenas disimulado sobre el coste de prolongar indefinidamente la guerra de Ucrania.Seguir leyendo