Conozca Recoleta: el lugar que elegimos para nuestra producción de moda de junio

Llegamos a Recoleta a las 6:30 de la mañana, cuando el lugar todavía no había abierto al público. Ese día el salón El Jardín sería la base para la producción del editorial de moda de este mes, así que mientras maquillaje empezaba a instalarse y el equipo revisaba cambios de ropa, luces y posibles locaciones para las fotografías, la cafetería comenzaba lentamente a despertar.A esa hora ya había colaboradores acomodando mesas, limpiando espejos, revisando detalles y poniendo a punto cada rincón antes de abrir.
El movimiento era constante, pero tranquilo, con la coordinación de una coreografía muy ensayada, con el mismo ritmo pausado que más tarde tendrían los clientes.“Aquí el ambiente baja las revoluciones incluso antes de que llegue el café a la mesa”.Poco después de abrir las puertas llegaron las primeras clientas. Dos señoras que claramente ya conocían el lugar.
No necesitaron ver el menú y apenas entraron las saludaron por su nombre. Después inició a llenarse lentamente.
Algunas personas se instalaron con la laptop en mesas más apartadas para trabajar o conectarse a reuniones en línea mientras tomaban café, matcha, o algún jugo natural. Otros llegaron en pareja o en grupos pequeños para desayunar y conversar.Y eso fue quizás lo más interesante de observar durante toda la mañana: nadie parecía tener prisa.
Las conversaciones se extendían, las tazas vacías se reemplazaban por otra ronda de café y la gente simplemente se quedaba.En Recoleta ocurre algo que cuesta encontrar en muchas cafeterías. El ambiente realmente modifica la experiencia.
Hay estudios que explican cómo ciertos espacios pueden influir directamente en el estado emocional de las personas. La luz natural, la presencia de plantas, las texturas cálidas y los colores ayudan a disminuir la tensión y generan sensación de bienestar.
Aquí esa teoría parece funcionar sin esfuerzo.“La idea era crear un espacio cálido en medio de tanto concreto, un lugar que realmente pudiera generar sentimientos”.Viviana Jiménez.Una casa turquesa llena de plantas, arte, lámparas antiguas, flores, cojines, muebles eclécticos y pequeños objetos que obligan a mirar dos veces. Nada combina de manera obvia, pero todo termina funcionando.“Queríamos crear un espacio cálido, colorido y diferente, que realmente pudiera generar sentimientos”, cuenta Viviana Jiménez, socia fundadora.Detrás de Recoleta hay una combinación poco común.
Viviana es abogada y mantiene asimismo un despacho junto a su otra hija, quien también siguió el camino del Derecho. Juliana Cuartas, en cambio, estudió Relaciones Públicas y siempre estuvo mucho más vinculada al universo creativo, visual y estético.
Lo interesante es que esas dos profesiones, que en teoría parecían moverse en mundos distintos, terminaron complementándose de manera natural dentro del proyecto.Mientras Viviana aporta estructura, administración y visión empresarial, Juliana se encarga de toda la experiencia visual de la marca: la decoración, la estética, el mercadeo, el menú y la personalidad del espacio.“Estamos en una era donde todo es minimalista, blanco y beige, y yo no me identifico para nada con eso. Siempre me han gustado mucho los colores y mezclar cosas”, dice Juliana.
Basta mirar alrededor mientras lo cuenta para entender que no es solo una frase: la mezcla de flores, lámparas, cuadros, texturas y muebles distintos entre sí termina reflejando exactamente esa visión.A esa dinámica familiar se suma Guillermo Lavari, esposo de Viviana y tercer socio del negocio, quien ha sido clave en la operación y en toda la parte relacionada con plantas, jardines y naturaleza, elementos que hoy son esenciales dentro de la identidad de Recoleta.La historia del proyecto inició en pandemia. Viviana, que hasta entonces nunca había hecho un queque, empezó a tomar clases de pastelería casi como una distracción durante el encierro.
La idea inicial era vender pan o repostería a otros restaurantes, hasta que apareció una casa en Cartago y decidieron convertirla en una pequeña cafetería de fines de semana.En ese momento, Viviana quería seguir enfocada en su carrera como abogada y Juliana todavía estaba en la universidad. La idea era casi un hobby familiar.
Pero el concepto creció rápido.Recoleta abrió su primera sede en Cartago hace cuatro años y rápidamente conectó con un público que buscaba algo distinto. El espacio, mucho más estilo country y rodeado de jardines, empezó a llamar la atención no solo por el café o la repostería, sino por la experiencia completa.Dos años después, cuando la marca ya estaba consolidada, decidieron probar suerte en San José.
Encontraron esta casa en Freses de Curridabat, rodeada de torres de apartamentos y completamente distinta a lo que es hoy. La remodelación tomó casi un año.
Cambiaron pisos, redistribuyeron espacios y construyeron poco a poco la estética que ahora define a Recoleta.“Cuando abrimos acá no estábamos listos para el boom que fue. “Tuvimos muchísimo trabajo el primer año porque es una operación grande, pero a la gente le gustó muchísimo el concepto”, recuerda JulianaEse crecimiento también obligó a profesionalizar la operación. Hoy Recoleta cuenta con un centro de producción ubicado a pocos metros de la cafetería, donde preparan panes, repostería, salsas y productos para ambas sedes.
La idea era garantizar que la experiencia fuera exactamente la misma tanto en Cartago como en Curridabat.“Todo se hace aquí. No usamos premezclas ni productos preparados”, explica Viviana.El menú también evolucionó con el tiempo.
Aunque muchas personas llegan principalmente por el brunch y el café, hoy la propuesta incluye desayunos, almuerzos, repostería artesanal y bebidas de especialidad. El gallo pinto “Pura Vida”, las tostadas francesas, los huevos a caballo y el matcha son algunos de los favoritos de los clientes frecuentes.Pero más allá de la comida, Recoleta parece haberse convertido en un espacio emocional para muchas personas.“Aquí la gente viene para cumpleaños, baby showers, despedidas de soltera o simplemente para sentirse bien un rato”, dice Viviana. “No es solo venir a comer.
Es vivir una experiencia”.Esa idea aparece constantemente cuando ellas hablan del proyecto. Juliana incluso lo describe como “un espacio para el alma”.
Un lugar donde la gente puede despejarse un rato de lo que pasa afuera.En algún momento de la mañana, entre cafés, maquillaje, fotos y conversaciones, Recoleta dejó de sentirse como una locación para una producción y volvió a convertirse en lo que realmente es: un espacio donde la gente llega a sentirse cómoda.
Information from La Nación (Costa Rica). Edited by: Noticias Today.
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