Conoce las posturas de los candidatos presidenciales sobre los temas más polémicos que marcarían la agenda pública el siguiente quinquenio.Fact-checking del debate presidencialLa historia del Perú es un tapiz tejido con los hilos de la esperanza y la incertidumbre. Este domingo 7 de junio, el país vuelve a encontrarse frente a las ánforas para decidir quién asumirá el mando del país, un ritual que se repite con la gravedad de quien sabe que el futuro es una construcción colectiva.

Al mirar atrás, hacia el siglo XX, descubrimos que cada proceso electoral fue, en esencia, un espejo de las tensiones y los anhelos de nuestra sociedad.EL RETORNO DE LA INSTITUCIONALIDAD CON JOSÉ PARDO (1915)El año 1915 marcó un hito en la República Aristocrática. José Pardo y Barreda, quien ya había ocupado el sillón presidencial años atrás, regresaba al poder bajo la expectativa de un civilismo que buscaba reafirmar sus valores tradicionales.

Aquel proceso electoral se vivió con la sobriedad propia de una élite política que controlaba los hilos del Estado, pero con la mirada atenta de una sociedad que comenzaba a reclamar mayor participación. La elección de Pardo fue, para muchos cronistas de la época en El Comercio, una señal de retorno al orden constitucional luego de periodos de agitaciones.

Su figura, un estadista que priorizó la educación pública como eje de su gestión, representaba la visión de un grupo dirigente que confiaba en el progreso gradual. No obstante, los vientos de cambio que soplaban en el mundo no tardarían en cuestionar aquel modelo de gobierno.LA PRAGMÁTICA UNIDAD DE MANUEL PRADO (1939)Llegamos a 1939, un mundo convulso ad portas la Segunda Guerra Mundial.

Era un Perú que buscaba navegar en aguas internacionales tormentosas. Manuel Prado Ugarteche surgió como el candidato de consenso, un hombre de maneras diplomáticas y formación técnica.

Su llegada a la presidencia fue el resultado de una coalición política que intentaba equilibrar los intereses de diversos sectores frente a la amenaza de los extremos ideológicos. El estilo de Prado, siempre moderado y cercano a los círculos financieros, le permitió gobernar en una etapa compleja.

Las crónicas de El Comercio de aquellos años reflejan a un primer mandatario consciente de que la política exterior era, por entonces, el pilar sobre el cual se sostenía la estabilidad interna. Se trató de un periodo presidencial donde la diplomacia se convirtió en la herramienta principal de supervivencia política y de catalizador de las oportunidades para el Perú y su economía.EL OPTIMISMO DEMOCRÁTICO DE JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO (1945)En 1945, el país respiraba un aire de apertura luego de la Segunda Guerra.

José Luis Bustamante y Rivero, jurista de impecable trayectoria, fue elegido presidente con el apoyo del Frente Democrático Nacional. Aquel proceso fue visto como un renacer de las libertades civiles en el Perú, un momento en que el debate democrático parecía recuperar su espacio perdido parte de la década anterior (años 30).

La presidencia de Bustamante y Rivero, caracterizada por un marcado respeto a la legalidad, enfrentó, no obstante, la dura realidad de una polarización política que terminaría por paralizarla. El gobierno de Bustamante y Rivero fue un experimento democrático que, a pesar de sus dificultades, dejó una lección imperecedera sobre la fragilidad de los acuerdos cuando las fuerzas políticas no logran encontrar un terreno común.EL RETORNO AL PRAGMATISMO DE MANUEL PRADO (1956)Para 1956, la figura política de Manuel Prado Ugarteche volvía a escena en un contexto radicalmente distinto al de su primer periodo presidencial.

Luego de años de una dura dictadura militar (el “ochenio” de Manuel A. Odría), el país ansiaba una salida ordenada y, a la vez, eficiente; así, la llamada “Convivencia” se convirtió en la estrategia política del momento.

Fue una elección que puso a prueba la capacidad de perdón y pacto de un Perú que intentaba dejar atrás el periodo del general Odría. El presidente Prado, con la experiencia de quien ya conocía las dificultades del cargo, gobernó apoyado en una base aprista, una aliada insólita para la época.

Sus críticos de entonces señalaban las fisuras de aquel pragmatismo, pero sus seguidores destacaban la habilidad para mantener el equilibrio en un tablero político sumamente complejo y, por momentos, hostil.LA MODERNIZACIÓN TRUNCADA DE FERNANDO BELAUNDE TERRY (1963)Fernando Belaunde Terry irrumpió en 1963 con un discurso fresco, centrado en la tecnología, la infraestructura y la “Conquista del Perú por los peruanos”. Aquellas elecciones fueron, en términos de estilo, un punto de quiebre, un parteaguas.

La energía política del joven arquitecto peruano cautivó a una creciente clase media que veía en ese nuevo líder la posibilidad de convertir al país en una nación moderna, ajena a los caciquismos tradicionales. No obstante, el resultado de esas elecciones de 1963 fue convulso y, pese a desarrollar un gobierno activo y progresista en muchos sentidos, terminó con una intervención militar que anuló el proceso en 1968 (dictadura de Velasco Alvarado).

La frustración de aquel año fue el preludio de un periodo donde la democracia sería cuestionada constantemente. No obstante, la impronta de Belaunde ya había calado en el electorado, que veía en su retórica una visión de país que trascendía las disputas inmediatas.EL REGRESO DEL ARQUITECTO FBT (1980)La década de 1980 inició con la vuelta de Belaunde Terry a la presidencia de la República, luego de doce años de gobiernos militares.

Aquella elección de 1980 tuvo un significado especial: el retorno del voto y de la libertad de expresión. La ciudadanía se volcó a las urnas con una emoción que se palpaba en las crónicas de El Comercio, pues celebraban la recuperación de la democracia luego de un ciclo que parecía interminable.El segundo mandato de Belaunde Terry, aunque marcado por la crisis económica y el inicio del terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA, mantuvo siempre la convicción democrática como estandarte.

Fue una época difícil para gobernar, donde el peso de la herencia autoritaria y la fragilidad de las instituciones democráticas pusieron a prueba cada día la voluntad de un presidente que siempre se mantuvo fiel a sus ideales civiles.LA IRRUPCIÓN DE ALAN GARCÍA PÉREZ (1985)En 1985, el Perú fue testigo de un fenómeno generacional: Alan García Pérez, un orador aprista y hábil político, capaz de llenar las plazas y movilizar masas con una energía desbordante, era elegido como presidente del país con solo 35 años.García, más allá del partido que representaba, encarnaba la renovación política, el sueño de una “justicia social” que parecía posible. La esperanza que despertó su elección fue contagiosa y, durante sus primeros meses, el Perú se unió bajo una expectativa común de cambio profundo.Aquel periodo presidencial de 1985 a 1990 estuvo marcado por el ímpetu político y social, pero también por la dificultad de gestionar y controlar una economía en picada.

Las páginas de este diario narran el contraste entre la algarabía de aquel 1985 y el desenlace de su gobierno, una lección sobre cómo las buenas intenciones, desprovistas de un manejo técnico eficiente, pueden derivar en crisis profundas para toda una nación.LA RUPTURA DE ALBERTO FUJIMORI (1990)El siglo XX electoral peruano cerró con la sorpresiva elección del ingeniero Alberto Fujimori en 1990, en desmedro de las aspiraciones políticas del ilustre escritor peruano Mario Vargas Llosa. En un país sumido en la hiperinflación y el miedo al terrorismo, el ingeniero desconocido se impuso electoralmente a figuras políticas tradicionales.

Su elección marcó un quiebre total con el pasado reciente y el inicio de una transformación de la estructura económica del país que aún hoy es objeto de intenso debate.La figura de Fujimori simbolizó, para muchos, la respuesta de una sociedad que, ante el colapso de las instituciones, optó por una salida pragmática y autoritaria, aunque esta haya caído en la segunda parte de su periodo en excesos, corrupción y aprovechamiento del poder. El gobierno fujimorista de los años 90 es, quizás, el caso más complejo de analizar sin caer en el juicio de valor, pues su legado es una suma de luces y sombras que definieron la identidad política peruana de la última década del siglo XX y que siguen vigentes en nuestro presente.EPÍLOGOEste domingo 7 de junio de 2026, ante una nueva cita con la historia, el Perú vuelve a preguntarse qué camino desea seguir.

La experiencia de los presidentes elegidos durante el siglo XX nos recuerda que, más allá de los nombres y las ideologías, lo que realmente persiste es la responsabilidad de construir un país donde la democracia sea, siempre, el cauce natural para nuestras aspiraciones.