Cuando poner la correa a un perro se convierte en un pillapilla incómodo

En muchísimos hogares, basta coger la correa para que el perro familiar desaparezca debajo de la mesa, salga corriendo hacia otra habitación o empiece un extraño pillapilla doméstico justo antes de salir a la calle. Lo desconcertante es que, una vez conseguimos ponerle el collar o el arnés, el perro vuelve a mostrarse contento, mueve la cola y sale encantado a pasear.Muchos titulares pueden interpretan esta conducta como terquedad, manipulación o incluso una manía, pero los especialistas en comportamiento canino aseguran que, en la mayoría de los casos, no hay desafío ni rebeldía detrás de esa huida.
Lo que existe es una asociación emocional que el perro ha construido alrededor del momento concreto de ser atado.Y ahí está la clave. El problema no suele ser el paseo ni tampoco necesariamente la correa en sí.
Lo que genera rechazo puede ser el gesto humano de inclinarse sobre él, la presión en el cuello, un recuerdo desagradable asociado a salidas anteriores o incluso un juego involuntario que nosotros mismos hemos reforzado durante meses sin darnos cuenta.No todos los perros que huyen tienen miedoLo primero que conviene entender es que no todas las conductas de evitación significan lo mismo. Hay perros que realmente sienten ansiedad cuando ven aparecer la correa y otros que simplemente han convertido ese momento en un ritual excitante y lúdico.La diferencia suele estar en el lenguaje corporal.
Un perro asustado tiende a tensarse, bajar las orejas, encogerse, evitar la mirada o esconderse en lugares donde se siente protegido. En cambio, cuando lo que existe es juego, el cuerpo se mantiene relajado, la cola se mueve, aparecen movimientos de invitación al juego y el perro no deja de mirarnos constantemente, esperando que se le persiga.El problema es que ambas situaciones pueden parecer iguales desde fuera, y confundirlas puede empeorar mucho las cosas.
Si un perro realmente siente incomodidad y nosotros respondemos riéndonos, persiguiéndolo o forzándolo físicamente, acabamos reforzando todavía más la asociación negativa.No es infrecuente que, en muchas casas, ambas terminan mezclándose. El perro puede haber empezado evitando la correa por inseguridad o incomodidad y haber descubierto después que salir corriendo desencadena un divertido juego de persecución con sus humanos.El cerebro del perro aprende asociaciones constantementeUno de los mecanismos más importantes detrás de este comportamiento es el condicionamiento clásico, el mismo fenómeno que explica cómo un sonido o un objeto aparentemente neutro puede acabar generando una respuesta emocional automática.Si durante una etapa de su vida la aparición de la correa coincidió repetidamente con experiencias desagradables, el cerebro del perro va a terminar interpretándola como una señal de alerta.
A veces basta con un solo episodio intenso. Un tirón fuerte en mitad de un susto, una visita al veterinario especialmente estresante, un encuentro desagradable con otro perro, el ruido del tráfico, sufrir dolor cervical o incluso experiencias repetidas de incomodidad pueden hacer que el animal empiece a anticipar algo negativo cada vez que aparece la correa, el collar o el arnés.Aquí ocurre lo más importante que suele desesperar y desorientar a muchos titulares, ya que el perro puede seguir adorando el paseo, pero lo que rechaza es el instante previo.Perros especialmente sensiblesOtro detalle muy infravalorado tiene que ver con la forma en que las personas les colocamos collares y arneses.Muchos perros son especialmente sensibles al contacto alrededor del cuello y a los movimientos de manos por encima de la cabeza.
Desde el punto de vista evolutivo, el cuello es una zona vulnerable y muy protegida socialmente entre los cánidos. Por eso algunos animales toleran perfectamente el paseo, pero no el proceso de manipulación previo.Es algo que se observa muchísimo en razas pequeñas, perros inseguros, animales recién adoptados, perros con mala o nula socialización temprana y perros que han sufrido maltrato previo.
De hecho, muchos convivientes con perros descubren accidentalmente la causa cuando cambian de collar a arnés y el problema mejora de forma casi inmediata. No porque el perro se vuelva obediente, sino porque desaparece parte de la incomodidad física y emocional asociada al cuello.El error más frecuente es perseguir al perroCasi todos los especialistas coinciden en lo mismo: salir detrás del perro por casa intentando atraparlo empeora el problema.En algunos animales convierte la situación en un juego excitante, en otros aumenta la sensación de amenaza y pérdida de control, y en los más sensibles puede acabar generando auténtica ansiedad anticipatoria.También es contraproducente regañar, sujetar a la fuerza o intentar imponerse.
Usando cualquiera de estos métodos, el perro nunca va a aprender que la correa o el collar es seguro. Aprende que, asimismo de la incomodidad inicial, ahora también aparecen tensión, enfado y manipulación física.Esto explica por qué algunos animales empiezan simplemente esquivando y terminan escondiéndose, gruñendo o rechazando incluso acercarse cuando ven el arnés.Cómo resolver el problemaLa buena noticia es que esta conducta suele mejorar muchísimo cuando dejamos de centrarnos únicamente en atarles y empezamos a trabajar la emoción que el perro siente alrededor de ella.La estrategia más eficaz consiste en reconstruir desde cero la asociación emocional.
Que la aparición del collar, el arnés o la correa deje de anunciar algo incómodo y empiece a predecir cosas agradables. Para ello, los etólogos y educadores caninos suelen recomendar una progresión de pasos muy sencilla.
Deja el equipo (correa, collar o arnés) en el suelo en una zona común, sin intención de usarlo. El objetivo es que se convierta en un objeto neutro más de la casa.Recompensa al perro con caricias o algún premio si se acerca a olfatear el material de forma espontánea.Sujeta la pieza de sujeción en tu mano, enséñasela tranquilamente y prémiale por el simple hecho de mirarla sin alejarse.Recompensa cualquier avance que haga hacia el material de paseo, dejando que sea él quien acorte la distancia.Toca suavemente su cuerpo con la herramienta de manejo (sin llegar a abrocharla) y ofrece un premio inmediatamente después.Y, sobre todo, devolverle la sensación de control.
Muchos perros mejoran enormemente cuando descubren que pueden acercarse por decisión propia y que nadie va a sujetarlos de forma brusca o precipitada.También conviene revisar si existe dolor físicoAunque muchas veces el problema es puramente emocional, los veterinarios recuerdan que nunca debe descartarse el dolor o la incomodidad física asociada al propio sistema de sujeción.Un perro con molestias cervicales, artrosis, otitis, problemas musculares o sensibilidad en la cabeza y el cuello puede empezar a evitar el momento de poner la correa simplemente porque anticipa incomodidad física. Pero asimismo, en muchísimos casos, el problema no está en el paseo y tampoco en el contacto humano, sino en el collar o el arnés concretos que estamos utilizando.Hay collares demasiado estrechos que se clavan en la garganta, modelos con eslabones metálicos que pellizcan el pelo y la piel, materiales rígidos que rozan constantemente y sistemas excesivamente pesados para perros pequeños.
También existen arneses mal ajustados que aprietan las axilas, limitan el movimiento natural de las escápulas y generan tensión continua sobre hombros y pecho.Esto puede provocar un comportamiento canino muy engañoso desde nuestra perspectiva, porque el perro puede evitar de forma activa el momento de ser atado dentro de casa, pero una vez en la calle parece “olvidarlo” porque entra en juego la estimulación ambiental, las ganas de olfatear, moverse, explorar o hacer sus necesidades. El hecho de que salga contento o emocionado no significa necesariamente que el material deje de resultarle incómodo.Si un perro que antes aceptaba perfectamente el collar o el arnés empieza a evitar que se lo pongamos de manera repentina, conviene realizar primero una revisión veterinaria antes de asumir que se trata únicamente de un problema conductual.
También es muy útil acudir a una tienda especializada en animales y que los profesionales con conocimiento en el ajuste de arneses y biomecánica canina comprueben si el sistema de sujeción que estamos usando realmente se adapta bien al tamaño, la anatomía y la forma de moverse de ese perro concreto.Convertir la rutina en algo predecible y amableEn realidad, muchos de estos casos no requieren técnicas complejas para resolverlo. Es suficiente con romper el patrón de persecución y construir un ritual mucho más tranquilo.
Practicar cuando no hay paseo. Poner el arnés unos segundos y retirarlo inmediatamente.
Dar premios antes, durante y después. Evitar inclinarnos bruscamente sobre el perro.
Utilizar material cómodo y bien ajustado. Permitir que participe voluntariamente.Parece poca cosa, pero para el cerebro del perro supone una enorme transformación.
Information from 20 Minutos. Edited by: Noticias Today.
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